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​Los Templarios - Los orígenes

​Entre los siglos XI y XII, la Iglesia secular atravesaba un período de renovación, conocido como la "reforma del siglo XI"; la búsqueda de conducir al pueblo a una vida más respetuosa del Evangelio y el propósito de frenar la violencia de la sociedad llevaron a la llamada "Tregua de Dios".

​La Iglesia católica animó a los caballeros de la época a convertirse en militiae Christi (caballeros de Cristo), con el propósito de combatir a los infieles en Tierra Santa, en lugar de cometer brutalidades en su patria.

​A estos caballeros ya no se les pedía que abandonaran el mundo, como a los monjes, para expiar sus pecados, sino que utilizaran sus armas por la causa de la cristiandad.

​El 27 de noviembre de 1095, el Papa Urbano II, en el décimo día del concilio de Clermont, pronunció un discurso en el que hizo un llamamiento a los presentes para que se dirigieran a Tierra Santa a reconquistar Jerusalén, en aquel tiempo en manos de los turcos selyúcidas. El Papa destacó cómo los peregrinos cristianos, en viaje hacia Jerusalén, eran regularmente víctimas de atrocidades e incluso de asesinatos, y cómo el emperador de Constantinopla Alejo I Comneno había pedido ayuda a la Iglesia para detener la expansión de los turcos.

​El llamamiento del Papa no cayó en saco roto y en poco tiempo una expedición de caballeros tomó el camino hacia Oriente, para lo que pasará a la historia como la "Primera Cruzada".

​Gracias a las indudables capacidades guerreras de los cruzados y al momento de dificultad del mundo musulmán, lacerado por las divisiones internas, la empresa concluyó con el éxito de los cristianos cuando, el 15 de julio de 1099, las tropas de Godofredo de Bouillon tomaron Jerusalén después de más de un mes de asedio.

​Además de la conquista de la Ciudad Santa, los cristianos dieron vida a los primeros cuatro estados cruzados donde se asentaron: el condado de Edesa, el Principado de Antioquía, el reino de Jerusalén y el condado de Trípoli.

​Después de la conquista de Jerusalén, muchos cruzados, considerado concluido su obligación de peregrinaje, regresaron a su patria, mientras que a aquellos que decidieron permanecer en Tierra Santa se les presentó desde el principio el problema de cómo defender los lugares santos y cómo asegurar la protección a los miles de peregrinos que llegaban de toda Europa.

​Para hacer frente a esto, nacieron grupos espontáneos de caballeros que hicieron voto de ser cruzados permanentes, de hacer vida en común y de emplear sus energías para defender los lugares santos conquistados. Estos primeros grupos se organizaron en diferentes órdenes religiosos, con el objetivo de garantizar la incolumidad de los devotos: el primero fue la Orden de los Canónigos Regulares del Santo Sepulcro de Jerusalén, fundada en 1099 por Godofredo de Bouillon; inmediatamente después se constituyeron la de San Juan del Hospital y la del Temple, que, según teorías no aceptadas por todos, se remontaría a los años 1119-1120.

​En este período, Hugo de Payns, que había participado en la Primera Cruzada, junto con su amigo Godofredo de Saint-Omer y otros siete caballeros se pusieron al servicio del soberano de Jerusalén, a quien pidieron ser alojados en la explanada del Templo de Jerusalén, entre la Mezquita de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa.

​Su petición en realidad escondía el verdadero propósito de su misión: entrar en posesión del Secreto de los Secretos, el conocimiento del rey Salomón, el legendario soberano que fundó el Templo de Jerusalén alrededor de la Roca Sagrada (sobre la cual Abraham, puesto a prueba por Dios, estuvo a punto de sacrificar a sus hijos Ismael e Isaac) con la ayuda de ángeles y demonios, invocando energías desconocidas para la protección perpetua del Sancta Sanctorum.

​Después de pronunciar ante el patriarca de Jerusalén, Germond De Piquigny de Amiens, los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, los nueve caballeros ocuparon el sitio del Templo de Salomón, separándose de la obediencia al Prior de los Canónigos Regulares del Santo Sepulcro de Jerusalén y convirtiéndose en la "Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Jerusalén", luego conocidos simplemente como Caballeros Templarios; como sabían qué y dónde buscar, penetraron en los subterráneos de la mezquita, encontrando en la zona de las "Caballerizas de Salomón" la red de túneles del Templo original, antiguo de milenios. Allí recogieron pergaminos y otros documentos; entre ellos, según lo afirmado en los controvertidos Rollos de Qumrán, habría habido uno excepcional, el Rollo de Cobre grabado unos treinta años después de la muerte de Cristo, que contenía las indicaciones de sesenta y un lugares donde, en la época de la guerra entre judíos y romanos, se habrían escondido otros tantos tesoros. El contenido de los otros pergaminos se refería a elementos de geometría sagrada, la utilización de nodos energéticos de la red terrestre (las "ley lines"), la historia de civilizaciones desaparecidas y otros secretos que nunca debían ser revelados fuera de la Orden, como el "Sepher Bereshit", un documento que se remontaba a Moisés y que encerraba el conocimiento esotérico aprendido en Egipto, el Arca de la Alianza y el Tabernáculo del rey Salomón. La inmensa riqueza adquirida en poco tiempo y las construcciones de templos y catedrales góticas en Europa, aún hoy fuentes de maravilla, son la prueba del valor de aquellos documentos antiguos.

​Entre los nueve caballeros se encontraba Andrés de Montbard, tío de San Bernardo, y en 1125 se les unió un nuevo caballero, que era Hugo de Blois, conde de Champaña.

​La Orden propiamente dicha de los Templarios fue convalidada y proclamada en 1128, nueve años después de su fundación, por Bernardo de Claraval (San Bernardo), quien convocó un concilio en Troyes, cerca de Clairvaux, en las tierras del conde de Champaña, para comprometer a la Iglesia con todos sus miembros a dar a dicha orden monástica una acción universal.

​Hugo de Payns tuvo la idea de reunir monje y caballero en una sola persona, creando una "Milicia de Cristo". Su invención fue ciertamente revolucionaria; por primera vez, de hecho, la contemplación y la espiritualidad del mundo de la vida monástica se combinaban con la acción ruda y sanguinaria de los caudillos.

​Pero el protagonista decisivo para el nacimiento y el desarrollo de los Templarios y para la organización de la II Cruzada (1147-1149) fue Bernardo de Claraval, llamado doctor mellifluus (Maestro cuya palabra resbala como miel), por su grandiosa arte oratoria y por su capacidad de persuasión.

​La orden estaba compuesta por los caballeros, que llevaban un manto blanco con cruz roja y podían poseer castillos, y por los escuderos, que vestían de pardo; estos podían ser indistintamente laicos o sacerdotes.

​A la cabeza de todos estaba el Magister militiae templi, coadyuvado por el senescal, que tenía funciones administrativas, políticas e incluso militares.

​La orden se propagó pronto, acogiendo en parte el espíritu de la reforma cisterciense. Se difundió también por Europa (especialmente en Francia, Inglaterra, Aragón, Portugal) y construyó muchísimas iglesias, a semejanza de la de Jerusalén, que siempre tuvieron el nombre de templo.

​Los Templarios se distinguieron en los campos de batalla en Tiberíades (1187), en Gaza (1244), en Al-Mansura (1250), en San Juan de Acre (1291). Cuando los cristianos tuvieron que abandonar Tierra Santa, los Templarios se instalaron en Chipre.

​La Orden del Temple era, por lo tanto, de tipo monástico-caballeresco católico; fue posteriormente disuelta por el Papa Clemente V (1260-1314) –después de la cruel persecución del rey de Francia, Felipe el Hermoso (1268-1314)– en 1307.

​El 13 de octubre de 1307, viernes, fue arrestado el último Gran Maestre de la Orden de los Templarios, Jacques De Molay, junto con todos los demás Templarios de Francia; De Molay, en el curso del proceso, fue sometido a brutal tortura y, después de avalar las tesis de la acusación, fue condenado a prisión perpetua. Posteriormente, Jacques de Molay se retractó de sus declaraciones; esto lo condenó a la hoguera junto con su compañero de prisión Geoffrey de Charnay.

​La hoguera se consumó en París, en la isla del Sena, llamada de los judíos, cerca de Notre Dame, el 11 o el 18 de marzo de 1314. La historia narra que antes de la ejecución Jacques de Molay maldijo la estirpe de Felipe IV e invectivó contra el Papa Clemente V; un mes después el Papa murió y en el invierno de aquel mismo año también al rey de Francia le tocó la misma suerte.

​Esto no hizo más que reforzar la idea común de que De Molay había sido víctima de una injusticia y que las maldiciones por él lanzadas se habían cumplido.

​En tiempos más recientes se ha difundido la leyenda según la cual la ejecución de Luis XVI, durante la Revolución francesa –que puso fin de alguna manera a la monarquía absoluta en Francia–, habría sido la culminación de la venganza de los templarios (algunos historiadores sensacionalistas de la época recogieron la noticia de que el verdugo Charles-Henri Sanson, antes de bajar la guillotina sobre la cabeza del soberano, le habría murmurado: «Yo soy un Templario, y estoy aquí para llevar a cabo la venganza de Jacques de Molay»).

​La Orden de los Templarios fue suspendida por la Iglesia católica en 1308, pero nunca fue definitivamente suprimida, como arteramente se ha hecho creer por aquellos que a lo largo de los años han especulado sobre tal falsa noticia.

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